PENSAMIENTOS Y DIVAGACIONES DE HAROLDO GARDENIO

Inabarcable

 

Voy a apagar las luces,

dejar mi abrigo en el suelo,

descalzarme y desvestirme entero.

 

Para hablar de éste

hay que quitarse el sombrero,

bajar las canillas y avivar el brasero.

 

Con ello se llenan

cuadernos y libros completos,

pero éste en concreto parece más que eterno.

 

Les hablo de mi sufrimiento.

 

Inabarcable en su grandeza, envuelve cada poro del ser hasta los huesos, se apodera de cada milímetro de aliento; mi sufrimiento no atiende a razones, no escucha plegarias, es seco y áspero, es un desierto; descalabra tiempo, espacio, y pensamiento.

 

Les presento, señorías, a mi sufrimiento; el más puro, cristalino y denso de los sufrimientos. Si hubiera una lista, o alguna acepción en una enciclopedia, ahí lo tendríamos, allí figuraría, como el campeón; el más grande y sublime de ellos.

 

Ha recibido los más laureados elogios de las fuerzas del caos y de mis demonios internos; se han arrodillado ante su excelencia y han besado sus pesados y etéreos pies, han valorado su extraordinaria capacidad para no ser alcanzado, y se han rendido ante su perfección al obrar, claudicando sin vacilación con bandera blanca.

 

Por mucho que se intente escribir en todos los libros de éste y cien más planetas, nadie alcanzará a saber de su magnitud. Sufro en grado superlativo, de forma interna y profunda, externa e inabarcable. Mi sufrimiento adolece de sufrimiento, y éste a su vez; y el siguiente hasta el infinito.

 

No es compartido, excepto en estos momentos, y en los que alguien me brinda su oído más tierno. De no ser así, mi boca se blinda.

 

Mi sufrimiento no es célebre, pero es el ganador, va desde las antípodas hasta aquí, y vuelve. Mi sufrimiento sufre conmigo; mi pena es extrema.

 

Es que "yo no tengo la pena, la pena me tiene a mí".

 

Está en todas partes, se aparta volando, y vuelve rodando. No tiene prisa, pero tampoco paciencia... mi pena no cena.

 

Ayuna y almuerza; está raquítica y pincha.

 

Lluvia fría sin espacio al escampe,

kilómetros de carretera nocturna sin desvíos,

vacío de una cápsula abollada en el espacio,

inquieta quietud en el estanque.

 

Mi sufrimiento es incomparable,

inconfundible,

no deja aire, ni títere;

se entraña en el fondo

y de ahí saca unos cables,

los vuelve a enchufar,

enmaraña y revuelve,

noquea y patea;

hiela y cierne.

 

Bajen autoridades de la media atmósfera, parcos y elevados sentimientos, pequeñas y grandes novelas, blandas y duras drogas, malos y buenos; vengan a contemplarlo, no cierren sus ojos, pongan atención a su magnificencia.

 

 

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