PENSAMIENTOS Y DIVAGACIONES DE HAROLDO GARDENIO

Contragambito

Escrito por haroldogardenio 05-09-2013 en General. Comentarios (0)

 

 

Sedino es un hombre hosco y prolijo, jugaba partidas de ajedrez consigo mismo que duraban varios meses. Hacía un movimiento con las blancas y se desentendía de la partida los días suficientes como para olvidar el entramado de posibilidades que ofrecía su avance. Luego movía desde el bando de las negras contra su yo pasado. Era tan insoportable para él estar a punto de hacer un jaque mate y tener que esperar a que el Sedino de los días siguientes diera un paso en falso, que cada vez que lo evadía y quedaban en tablas, rabiaba de bilis porque ni en su pasado, ni en su presente se consideraba un ganador, ni un perdedor.

 

Su casa gris de diez metros cuadrados, una taza metálica de café solo sin azúcar, un colchón delgado, y un tablero de ajedrez roñoso eran su único patrimonio. Poco conocía sobre el origen de su nombre. Cuando empezó a tener algo de luces, las monjas le dijeron antes de irse, a poco de empezar la pubertad, que Sedino era lo único que ponía en la cesta. Mas su casta le tenía sin cuidado, así que se echó a la carretera sin más preguntas que las que respondieran a sus inmediatas necesidades. Trabajó cuidando ganado, arreglando autos, y abriendo zanjas. Cada vez que una familia quería acogerle, tomaba lo poco que tenía y ponía nuevo rumbo, hostigado por lo insoportable que le sigue resultando la piedad ajena. En efecto, cuando llegó a la ciudad mendigaba monedas, mas sin tirarse en el suelo ni poner cara de pordiosero. Se cruzaba de brazos y se acompañaba de un cartel:

 

"Necesito recursos. Gracias."

 

Con sus apenas veinte monedas diarias iba primero a la tabaquería a por un paquete de Condal Negro, y a la plaza del mercado a por un quilo de café. Y cuando era posible, compraba un saco de comida para perros. "Mejor comer de lo que comen seres decentes que de la basura que engulle esta panda de miserables", mascullaba mientras vertía su ración diaria en un pote de cerámica sin esmaltar que encontró en un contenedor. Le tranquilizaba leer al dorso del saco que su pienso tenía un gran aporte de proteínas, vitaminas y minerales. Echaba unos puñados de su ración matinal en los bolsillos, y se paseaba por la ciudad desayunando bolitas y huesitos crujientes, como quien se pasea por una vereda del parque al atardecer, comiendo anacardos y rebujos de kikos, pipas, y esas medias habas secas que no le gustan a nadie. A veces se permitía el lujo de comprar un saco de marca para perros con pedigree.

 

Carecía de pensión, no sólo por su juventud sino por haber trabajado siempre sin contrato, y por su evasión de todo tipo de obligaciones civiles. En el albor de su veintena fue a parar a esta ciudad, quedándose a dormir con una rumana con quien estableció una relación amoroso-tortuosa que le ofreció a partes iguales una pasión salvaje y un desorden de vida sobresalientes. Se conocieron en un parque, cuando ella le pidió algo para comer y él le dio lo único que tenía; una maleta roja imitación piel con dos mudas de ropa, un tablero de ajedrez, y una empanada de atún precocinada que se encontró en un contenedor, sin abrir, y que tenía reservada para el primer perro que viera. Ella, a quien le gustó su arcaico sistema de trueque, y sus ademanes de zar, le dio a cambio su pañuelo, y él apenas tuvo lugar para decirle que aquello no era ningún trueque, fascinado por sus ojos felinos y la suave piel almibarada que se escondía bajo la roña. Fue por aquel entonces que la rumana y los otros dieciocho rumanos que vivían hacinados en un salón comedor con sólo dos habitaciones, para cuestiones íntimas, recibieron a Sedino sin la menor objeción, para dejarle formar parte de su libérrimo modus vivendi de cuatreros.

 

A pocas semanas de que se les acabaran los recursos en esta ciudad sin alma y emprendieran nuevo rumbo inherente a su condición de nómadas, la rumana le contó el secreto de que entre la casa que por impago iban a abandonar, y la contigua, había un hueco ciego de diez metros cuadrados, producto de la arbitrariedad arquitectónica que tienen las viviendas de renta antigua. Así que el día antes de irse, al atardecer, los rumanos le ayudaron a abrir un pequeño agujero por el tabique que daba al hueco. Al pasar al otro lado, el atirillado Sedino abrió en 20 minutos otro pequeño agujero en el tabique que daba a la calle. Recogió los escombros, los echó a la cubeta de una obra cercana, aprovechó para robar nueve ladrillos, dos cubos de cemento, y medio litro de pintura blanca, y antes de media noche arregló el agujero de la casa de los rumanos y tapó el de la calle con uno de los carteles que anunciaban la festividad de todos los años; una suerte de luces, fuegos artificiales, puestos ambulantes, coches de choque y demás atracciones de feria decoradas con paneles aerografiados por pintores frustrados cuyo tema principal es una chica semidesnuda con senos desproporcionados y enormes pezones, protuberantes como pelotas de tenis, y anchos como rodajas de mortadela.

 

Tras la veloz operación, Sedino y los dieciocho gitanos rumanos se fueron a la azotea y, en una barbacoa abandonada asaron diez quilos de lomo y abrieron las trece botellas de vermouth que habían mangado los hombres, incluido Sedino, en distintos minimercados del barrio. Usaban la sencilla técnica de acercarse al mostrador con un paquete de macarrones, luego de haber metido la botella bajo la chaqueta, y preguntar si no tienen cuscús. Así quedaba disuadida toda atención a los movimientos extraños de quien camina con una botella en el sobaco. Y como casi ningún minimercado tiene cuscús, el siguiente paso era poner cara de ofuscación y salir indignado del negocio. Sedino, sin algo que ganar y nada que perder, se llevó además dos botellas de vodka, y no recurrió al truco del cuscús. Su rostro impávido y su solemne parsimonia fueron suficientes. Las seis mujeres lo tenían más fácil. Sólo tenían que entrar de dos en dos, ir a la sección de refrigerados, arrancar el código de barras, y salir con un puñado de monedas sobre la palma de la mano abierta, discutiendo una con la otra por no haber traido suficiente para pañales. Sólo pillaron a una. Malmetió la bandeja de lomo en un bolsillo roto y pasó entre las cajeras con la punta de la trenca chorreando sangre diluida en agua. La amante de Sedino iba con ella, y aquel suceso de registro despiadado que le propugnaron los guardias de seguridad le hizo inundar las pocas reservas de vergüenza que tenía. Afortunadamente sólo recibieron un puñado de improperios, una señal con el dedo que les indicaba por dónde estaba la puerta, y la mirada fruncida de las señoras mayores.

 

Con una guitarra destartalada y tres antorchas del chino cantaron, bailaron, comieron y bebieron hasta el amanecer, más por atenuar lo triste de la despedida que por la víspera de la festividad de todos los años. En el fondo, Sedino quería irse con los gitanos, pero aparte de que no concebía esa rutina diaria de robar y rascarse las ladillas, algo le decía que debía quedarse. Al alba partieron los gitanos sobre una camioneta sin gasolina tirada por dos burros. Sedino los despidió con petardos tirados al aire y los gitanos voceaban en su idioma versos centenarios para procurarle buena suerte, mientras se alejaban por una esquina.

 

Con un Condal Negro y un culo de vodka, sentado bajo el cartel de la festividad de todos los años, junto a tres maderos biselados, varias herramientas, y una puerta con ventana incorporada, cerrojo y llave incluida, todo rescatado de la chatarrería por gentileza de los gitanos, esperaba Sedino a las primeras luces de la feria en lo alto de la ciudad, donde miles de personas se preparaban y abarrotarían para perder los papeles. Sedino admiraba su montonera de trastos como un tesoro de piratas, y no se explicaba cómo los gitanos habían conseguido una puerta de tan buena calidad. Tenía el tapaluz por fuera con la aldaba por dentro, de forma que visto desde la calle tendría, para Sedino, un delicioso aire de sobriedad y discreción. Tras el tapaluz estaba un marco de chapa con bordes gomados en el que iba encajada una simple ventana con pestillo. Una vez instalada, se podría cerrar a cal y canto, permitir sólo la entrada de luz, o abrirlo todo de par en par para ver a los transeuntes pasar con sus rostros de incertidumbre y su apego constante a esos rectángulos táctiles y luminosos. Sedino sentía que lo tenía todo, a pesar de tener a la rumana recorriendo las cavernuelas de sus huesos, sesenta veces por minuto. Le costó mucho aprender a convivir consigo mismo, sin ese olor a tierra y neumático.

 

Cuando empezaron las fanfarrias, los cohetes, y la música, en aquella calle ya solitaria y apenumbrada por los destellos de arriba, a golpe de maza derribó Sedino un rectángulo de dos metros de alto, a partir de su previo agujero. Le puso su mezcla, apuntaló los maderos y encajó con una maestría experimental los quicios y la puerta. Metió dentro el tablero que la rumana no quiso llevarse (no porque no supiese jugar, sino porque le hechizaba la minuciosidad con que Sedino trataba cada una de las maltrechas piezas), cerró, fechó, rogó que ningún borracho desbaratara su modesta obra con cemento todavía fresco, y se fue a la feria a mendigar. Con la llave de su nuevo hogar en el bolsillo, tenía una expresión de dignidad que les ganaba de largo a las perfumadas damichuelas ebrias y a los drogainas descamisados con los que ya se cruzaba cuesta arriba. Con las pocas monedas que recaudó, compartió vino con los jipis de los puestos, y en el fragor de la jolgoria, una jipi le obsequió con cuatro velas aromáticas de mora y curry que llevaba en su bolso de veinte colores, para su nueva casa, y le regaló también un bote de pintura negra para artesanía, a cuento de nada, mas como regalo por el vino, y para oxigenar los chacras del trueque y la paz mundial. Cuando azuleaba el amanecer, hasta el culo de alcohol de baja alcurnia (que hacía la manicura con los dientes) y marihuana amarillenta (que hacía la pedicura con el cerebro), bajaba Sedino con tres jipis a seguir la fiesta por la ciudad. A mediodía subieron de nuevo a la feria, que se estaba preparando para su segunda noche. Y esa noche sí que perdió los papeles Sedino. A partir de ahí poco más sé, sólo que acabaron en la otra punta de la ciudad, a las tres de la tarde, montados en la baca de la furgoneta de unos mochileros suizos, ebrios también, conduciendo por un carril en desuso, echándose cerveza en la cara y cantándole a Shiva.

 

Conocí a Sedino unos meses después. Por aquel entonces se iba a jugar sus monopartidas en una de las cuatro olvidadas mesas de ajedrez de piedra, que criaban polvo y salitre junto al puerto, en un pequeño jardín al lado del paseo marítimo. Yo pasaba por allí camino a la única editorial que me ha tratado con diligencia. Estaba puliendo su mesa con varios trozos de lijas y pulidoras que le dieron en una carpintería. Fue ahí cuando me acerqué y, tras una desordenada conversación, ofrecí llevarle al día siguiente una pulidora eléctrica con batería, a la cual le sigo teniendo un odio tremendo porque no me ha servido nunca para nada. Para colmo se la dejó en mi casa un chapucero del este que se supone que iba a arreglar mi plato de ducha, y lo único que hizo fue quedarse con mi adelanto y desaparecer de toda forma de comunicación. Fue tal el esmero con que al día siguiente Sedino pulió su mesa, que bajo las costras de polvo, pintadas, y salitre afloró un hermoso mosaico de cuarzo blanco y granito negro, brillante, liso y reluciente. Cuando fui a vistarle al puerto, estaba sentado, absorto, colocando sus piececitas de madera a medida que las acababa de pulir con sus papelitos de carpintería. Me quiso devolver la pulidora eléctrica y casi me enfadé con él. Le ayudé a terminar de pulir todas las piezas y le invité a un café para llevar. Y en el puerto echamos unas partidas de ajedrez. Francamente su vida había sido un caos, cualquiera se llevaría las manos a la cabeza con las cosas que le han pasado. Hablábamos mientras jugábamos hasta bien entrada la tarde y a menudo quedábamos en tablas. "¿Ves Sedino? Ya somos dos mediocres", le solía decir. Era en aquellos instantes cuando sus ojos se ponían igual de brillantes que cuando le llevé la pulidora. Tomábamos café y jugábamos ajedrez casi todos los días.

 

Una tarde nos sorprendió un estruendo de taladradoras. Unos operarios estaban desvencijando el jardín. Fui a preguntarles y me dijeron que iban a quitarlo y se iba a colocar un chiringuito. Sedino se unió a la conversación y les pidió hablar con su jefe.

 

–Ni jefe ni nada –imperaba el capataz, con poco interés–, lo que tengas que hablar háblalo conmigo.

–Esto es de todos –argumentaba impotente Sedino–. Todo el mundo tiene derecho a usar el jardín. No le pertenece a ninguno que se crea dueño de las cosas a golpe de talón.

–Pues vete a Cuba –concluyó mientras se alejaba a la furgoneta para guardar los aperos y marcharse a merendar con los otros–. No tengo yo bastante con lo que tengo cada día, como para encima escuchar a payasos.

 

Sedino, mirando fíjamente la furgoneta arrancando, con la expresión en los ojos del David de Miguel Angel, me preguntó si tenía un gato para coches y un hueco libre aquella noche. No me dio explicaciones.

A quince minutos para la medianoche, Sedino fechó la puerta de su casa, que ya era gris y tan discreta como él la quería (había mezclado lo que le quedaba de la pintura blanca que usó para acabar el tabique de la casa de los gitanos, con el bote de pintura negra que le regaló la jipi), y empezamos a caminar. Al principio pensé que íbamos a volcar el coche de algún concejal del ayuntamiento, pero al cabo de un rato estábamos en el puerto. Con una ceremoniosidad y una firmeza elogiables, fue levantando una a una varias baldosas sueltas de los bordes del jardín y los fue apilando a un lado de la mesa de ajedrez que con tanto ahínco pulió. Cogió el gato, lo colocó entre la pila de baldosas y el borde de la mesa, comenzó a girar el manubrio y me preguntó la hora. En unos segundos empezó a crujir el pilar de granito de la mesa hasta que sacó de cuajo el tablero. Le ayudé a bajar el tablero, y al tiempo miró Sedino a lo lejos. Lanzó un silbido y al borde de la acera estaba una furgoneta con las puertas abiertas y el motor encendido. Eran los mochileros suizos. Me los presentó y entre cuatro llevamos el pétreo tablero hasta la furgoneta, para dejarlo en la casa de Sedino. Luego los suizos nos llevaron a los únicos bares irlandeses que abrían un lunes hasta tarde, para invitarnos a cuantos tipos de cerveza pudieran haber. "Mañana por la mañana me voy al puerto a ver la obra, Haroldo, te lo juro por mi gitana", me decía risueño Sedino, después de clavarse una Guinness. Alargamos la noche lo que se alargó la paciencia del dueño del último bar abierto en no sé cuál remota calle. Y hacia las ocho de la mañana estábamos Sedino y yo sentados enfrente de la obra, comiendo churros con chocolate, viendo al mismo capataz, ojeroso, salir de su camioneta con el casco y el peto en la mano. Cuando llegaron los demás operarios, se quedaron ante el pilar sin tablero, rascándose la cabeza, hablando entre ellos con estupor, y en eso el capataz sacó el teléfono para llamar, imagino, a su jefe. Sólo miró al banco una vez, y al ver el rostro de Sedino, solemne, parsimonioso y jurisdiccional, sólo se le ocurrió caminar hacia otro lado. Volvió a mirar durante un segundo a Sedino, como quien mira una lluvia de estrellas, y siguió trabajando.

 

Semanas después seguí visitando a Sedino. Con su viejo tablero roñoso y sus bolsillos llenos de pienso para perros, se sentaba en el mismo banco para ver con ironía los progresos de la obra. Ya entonces el chiringuito estaba casi terminado. Jamás compré un sólo café allí, los traía para llevar, aunque tuviera que cruzar el paso de cebra de ocho carriles con un café en cada mano. Era incómodo echar la partida sentado de medio lado en el bando, y las piezas se caían cada dos por tres con el desnivel y la brisa porteña. Al día siguiente fui al rastro de los jueves, como suelo hacer, y encontré un macizo tablero de ajedrez plegable con su superficie metálica y un imán en la base de cada pieza. Encontré también un formidable trebejo, 16 espectaculares piezas de ajedrez de mármol blanco pulido, y sus correspondientes 16 piezas lustrosas de ónix negro azabache en un anticuario cercano. No quiero recordar cuánto me costaron, la cuestión es que Sedino se llevó casi media hora contemplando las colosales piezas pulidas, mientras yo colocaba el tablero sobre un muelle plano. Era la mesa perfecta, justo al lado del mar. Así podíamos jugar con los pies colgando, y mejores vistas.

 

Las tardes que no podíamos quedar a tomar un café y echar las partidas, Sedino solía sentarse en la puerta de su casa con sus tesoros de ajedrez. No tardaron mucho en acercarse los chavales de la manzana a ver qué era todo ese muestrario de casillas y piezas de todo tipo. Y cuando Sedino les mostró la fabulosa tabla de piedra con sus piezas de gema, justo en el centro del suelo de su casa de 10m2, se aficionaron tanto al ajedrez que se quedaban hasta tarde aprendiendo del maestro, embuidos por el interesante juego, y por la mora y el curry de las velas de la jipi. Cuando iban a recoger la merienda, volvían para darle a Sedino la mitad de su bocadillo, la fruta que no querían, y seguir jugando. Conmovido por el deleite con que Sedino degustaba el chorizo y el queso, la nocilla y el pan crujiente de quienes él consideraba seres humanos de verdad, decidí acondicionar su casa como estaba mandado. Le pedí a mi amigo Fiodor que me ayudara a llevar en su ranchera algunos escombros y mobiliario de un colegio abandonado del arrabal. En un par de días convertimos el tablero de piedra en una mesa con un sólido pilar de cemento, pusimos una mesa de colegio para el tablero roñoso y otra para el magnético, colocamos dos sillas para cada mesa, y le dimos a Sedino cuatro cajas de cirios para que iluminara toda la estancia.

 

"Tio Sedino, ¿hay ajedrez hoy?", le preguntaban los chavales cuando pasaban por su casa en la mañana, antes de ir al instituto. Y fue tan grande la confianza, que Sedino les llegó a dar su llave para que hicieran una copia y pudieran jugar cuando quisieran si es que esa tarde iba al puerto. También me dio sus llaves para que hiciera una copia. Y eran aquellas tardes de café con Sedino las que más contento lo veía desde que le conocí, sabiendo que sus amigos estaban cuidando de su casa.

 

Una vez se nos acercó un policía. Decía que allí en el muelle no se podía estar.

 

–¿Es que tiene dueño el muelle? –alegaba Sedino–, si viene un barco nos quitamos y ya está.

–Les digo por última vez que se trasladen a otro sitio –repetía el agente–. Venga, fuera.

–Pero ¿es que no me escucha usted lo que le digo? Si no hago daño alguno, tengo derecho a estar donde quiera.

–Pues vete a Cuba.

 

A pesar de la rabia contenida, Sedino se levantó con la serenidad de un hermitaño. Recogió el tablero, continuó hablando conmigo sobre plumas estilográficas, despreciando la presencia del agente como si no hubiera nadie más, y nos fuimos caminando hacia una cafetería. Tras aquella intrusión, sin embargo, Sedino siguió esperándome con su tablero en el muelle. Los chavales habían progresado notablemente. Pasaban allí el tiempo y los apuntes a limpio. "¿Me habéis cuidado el templo?", les preguntaba entre bromas Sedino cuando volvía. Y ellos le contaban cómo habían quedado las partidas.

 

"Apunta tu dirección en éste papel, Haroldo". Fue lo penúltimo que me dijo Sedino una tarde en que apareció un capitán de barco con maleta y sombrero bajo el brazo, que esperaba en el chiringuito a su subalterno.

 

–¿Una partida con sólo dos reyes? –dijo el capitán, asomándose al tablero–, ¿qué broma es esa?

–¿Broma? –dijo Sedino–, acabo de perder mi último peón. No estamos al principio, sino al final.

–En media hora toda esta fila de muelles va a esta ocupada por un buque. Os invito a una copa.

 

Sedino resolvió en pocos minutos todas las dudas que tenía sobre barcos. El capitán resolvió en menos todas sus dudas sobre ajedrez. Y yo resolví al instante que aquello tenía buena onda. Pasada la media hora, el capitán le había ofrecido un cargo como copiloto en el puesto de mando. Un trabajo inexistente, pues no necesitaba copiloto.

 

En las primeras cartas y postales que Sedino me envió con remitente en ciudades de varios países, me contó que enseñó al capitán en su empresa de convertirse en un excelente jugador de ajedrez, para no tener que inventar más excusas a los oficiales que le invitaban a tomar un coñac y jugar ajedrez. En cartas posteriores me contó que al llegar al puerto de una ciudad donde pensaba hospedarse, intentó realizar papeleos interminables para que le dieran una tarjeta. Me contaba que el capitán le ayudó todo lo que pudo antes de continuar su viaje. Me preguntó con mucho interés por los chavales y le conté que los padres de uno de ellos, con el beneplácito de Sedino, se encargaron de arreglar su casa gris de 10m2, y con la facilidad de que no era legalmente de nadie, establecieron el local como una asociación a la que los chavales, con un cartel sobre la puerta con ventana, nombraron: "Templo de ajedrez".

 

Tras un largo proceso de perseverancia y paciencia, Sedino me contó que empezó a trabajar como mecánico arreglando indestructibles Lada y otros modelos clásicos, y que consiguió nacionalizarse. Desde entonces todas sus cartas me llegan de allí.

 

 

Se fue a vivir a Cuba.

 

 

 

 

 

 

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Perros de hortelano.

Escrito por haroldogardenio 11-08-2012 en General. Comentarios (0)

 

El problema de que el mundo no funcione bien, ni se halle en armonía, reside en la existencia de imbéciles. El imbécil es el aguafiestas, el que de un manotazo derrumba el castillo de arena que ha construido otro, el que discrepa por el placer de discrepar, aun sabiendo que su argumento no tiene fundamento ni intención constructiva, y con el ánimo de sembrar caos.

 

Ha sobrevivido porque su modus operandi es acaparar, ambicionar y trampear. Si los demás juegan limpio, éste tiene vía libre. Como, obviamente, esto no es permisible, hay dos formas de evitarlo: una fácil, y otra difícil. La difícil es crear y creer en la justicia. La fácil es no hacerlo. Por eso es tan fácil que la imbecilidad gane adeptos. Y parece una especie de lastre que acarrea la sociedad, de la que, desgraciadamente, también se componen los imbéciles, que alcanzan altos cargos y se infiltran en los grandes proyectos.

 

Y con hondo pesar escribo ésta líneas desde un pesimismo que suelo odiar, y al que no tengo más remedio que recurrir, y sin que ésto sea una novedad; por contemplar desde mi rincón el macabro crecimiento de esa espiral.

 

Los imbéciles atienden a imbecilidades de otros imbéciles, como esa que dice que antes de morir tienes que plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro. Gracias a ésta genial idea, las bibliotecas están llenas de libros de imbéciles que no quieren irse de éste mundo sin dejar su estúpida semilla literaria, como tampoco, la genética, la cual dará lugar a más imbéciles que contribuirán a la superpoblación (en gran parte, de imbéciles); mientras que, personas muy gratas e interesantes, válidas y armoniosas, deciden y decidirán no tener hijos, debido a un fabuloso sentido del equilibrio global. Sus mentes y corazones maravillosos no se sembrarán. Esas personas son las mismas que podrían escribir páginas formidables, constructivas, y reveladoras; las mismas personas que, de seguro, quedan inundadas de hastío, y pierden todas sus ganas de hacerlo, al leer tanta tinta tonta; tan, para colmo, contagiosa y pegadiza como las malas canciones.

 

Dado éste fenómeno, la cantidad de basura textual que tenemos que aguantar resulta insoportable, llevándonos a tener que remover entre el lodo, para encontrar lo valioso, escondido o desapercibido, que sólo es fácil de obtener cuando allegados de buena tinta, o la propia capacidad de selección, lo permiten. Pero esto es cada vez más difícil porque el lodo se multiplica, y ya existen cosas que parecen buenas pero no lo son, y otras que, definitivamente, son burdas copias desgastadas. Cada vez el pajar es más grande, y la aguja más pequeña.

 

De modo que la espiral sigue creciendo exponencialmente y no parece que vaya a frenarse. Suerte que, al menos, respiraremos cada vez mejor gracias al aumento desbocado de jardines, parques y bosques.

 

 

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Sin flitro

Escrito por haroldogardenio 31-03-2012 en General. Comentarios (1)

 

Sin posavasos,

ni salvamanteles,

barandillas, aranceles,

guardarraíles, arcenes,

mangos, asas, guantes,

mascarillas, guardapolvos...

 

Sin medias tintas,

ni aspavientos, rodeos,

circunloquios, sutilezas,

símiles, parábolas, metáforas,

silenciadores, aislantes...

 

Sin cortinas,

ni alfombrillas, zócalos,

volutas, trenzados, ribetes,

cenefas, calados, borlas,

parasol, persianas, visillos.

 

 

El gancho

Escrito por haroldogardenio 22-03-2012 en General. Comentarios (4)

 

Para salir del frío me enganché al cordón umbilical,

para desengancharme del cordón umbilical me di a la teta,

para dejar la teta me enganché al chupete,

para dejar el chupete me enganché al dedo.

 

Para dejar el dedo me enganché al puré,

para dejar el puré me enganché a la bollería industrial,

para dejar la bollería industrial me di al balón,

para dejar el balón me enganché a tu aroma.

 

Para desengancharme de tu aroma me di a tus desdeños,

para quitarme de tus desdeños me di al llanto,

para desengancharme del llanto me di al alcohol,

para dejar el alcohol me enganché al tabaco.

 

Para dejar el tabaco me enganché al trabajo,

para desengancharme del trabajo me di a la gente,

para desintoxicarme de la gente me entregué a ti,

para desengancharme de ti me di a la soledad.

 

Para dejar la soledad me abracé a la tristeza,

para dejar la tristeza me entregué a escribir,

para desengancharme de tanto escribir

me enganché al alpinismo.

 

Tras romperse el cordón que me sujetaba,

junto con un piolet, a la roca, cuyas lascas,

desprendiéndose, me anunciaban la caída;

esperaba encontrar una teta mullida,

y resultó ser, al final, un alud de nieve fría.

 

 

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Inabarcable

Escrito por haroldogardenio 12-03-2012 en General. Comentarios (1)

 

Voy a apagar las luces,

dejar mi abrigo en el suelo,

descalzarme y desvestirme entero.

 

Para hablar de éste

hay que quitarse el sombrero,

bajar las canillas y avivar el brasero.

 

Con ello se llenan

cuadernos y libros completos,

pero éste en concreto parece más que eterno.

 

Les hablo de mi sufrimiento.

 

Inabarcable en su grandeza, envuelve cada poro del ser hasta los huesos, se apodera de cada milímetro de aliento; mi sufrimiento no atiende a razones, no escucha plegarias, es seco y áspero, es un desierto; descalabra tiempo, espacio, y pensamiento.

 

Les presento, señorías, a mi sufrimiento; el más puro, cristalino y denso de los sufrimientos. Si hubiera una lista, o alguna acepción en una enciclopedia, ahí lo tendríamos, allí figuraría, como el campeón; el más grande y sublime de ellos.

 

Ha recibido los más laureados elogios de las fuerzas del caos y de mis demonios internos; se han arrodillado ante su excelencia y han besado sus pesados y etéreos pies, han valorado su extraordinaria capacidad para no ser alcanzado, y se han rendido ante su perfección al obrar, claudicando sin vacilación con bandera blanca.

 

Por mucho que se intente escribir en todos los libros de éste y cien más planetas, nadie alcanzará a saber de su magnitud. Sufro en grado superlativo, de forma interna y profunda, externa e inabarcable. Mi sufrimiento adolece de sufrimiento, y éste a su vez; y el siguiente hasta el infinito.

 

No es compartido, excepto en estos momentos, y en los que alguien me brinda su oído más tierno. De no ser así, mi boca se blinda.

 

Mi sufrimiento no es célebre, pero es el ganador, va desde las antípodas hasta aquí, y vuelve. Mi sufrimiento sufre conmigo; mi pena es extrema.

 

Es que "yo no tengo la pena, la pena me tiene a mí".

 

Está en todas partes, se aparta volando, y vuelve rodando. No tiene prisa, pero tampoco paciencia... mi pena no cena.

 

Ayuna y almuerza; está raquítica y pincha.

 

Lluvia fría sin espacio al escampe,

kilómetros de carretera nocturna sin desvíos,

vacío de una cápsula abollada en el espacio,

inquieta quietud en el estanque.

 

Mi sufrimiento es incomparable,

inconfundible,

no deja aire, ni títere;

se entraña en el fondo

y de ahí saca unos cables,

los vuelve a enchufar,

enmaraña y revuelve,

noquea y patea;

hiela y cierne.

 

Bajen autoridades de la media atmósfera, parcos y elevados sentimientos, pequeñas y grandes novelas, blandas y duras drogas, malos y buenos; vengan a contemplarlo, no cierren sus ojos, pongan atención a su magnificencia.

 

 

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